lunes, 18 de mayo de 2020

Lo que salva

Después de mucho tiempo de no saber nada de los suyos, aquel hombre extrañó su ciudad natal y partió hacia ella, dejando atrás el pueblo que permanecía casi intacto desde el ya lejano tiempo en que la pandemia del COVID-19 atacara ciudades y pueblos de su pequeño y atrasado país.
Al llegar a la ciudad, nada era como lo recordaba. Su mirada se extrañaba ante la sucesión de casas y edificios abandonados por los humanos y ocupados por toda clase de animales y rastrojos. No se explicaba lo hallado, pues a su pueblo tan alejado y silencioso apenas llegaron ecos y rumores de una larga cuarentena sin graves consecuencias, en tanto que los relatos oficiales proclamaban el aplanamiento de la curva estadística de infectados.
Mientras caminaba, trataba de entender la desolación. El barrio donde había vivido durante el tiempo en que transcurrieron sus estudios universitarios no le ofrecía ninguna respuesta. Tampoco lo hacían sus conocimientos de medicina, que lo habían llevado a vivir en un pequeño y alejado pueblo, para combatir el paludismo y el mal de chagas.
Ante el silencio de la ciudad, fijó su camino rumbo hacia los pasillos de la facultad de medicina. En su recorrido sólo se encontró un ser humano: era una mujer cuyo rostro le recordó a la señora de la cafetería de su facultad. Fue todavía más extraño hallarla a punto de despertar, instalada en el cubículo de la portería del edificio central de la antigua facultad. Tal vez por la poco habitual sensación de presencia que generaba la sombra del hombre a través de la ventana, la mujer despertó entre sorprendida y asustada. El hombre no tuvo que insistir mucho para que ella le contara lo que había ocurrido -llevaba tanto tiempo sin hablar con nadie que parecía desesperada por hacerlo-. La cuarentena se acabó y muchos de los que se habían recuperado, volvieron a enfermar. En la facultad querían irse a investigar unos pueblitos donde parece que la gente no se enfermó de nada, pero les dijeron que no había plata.
Ese solo testimonio bastó para que el hombre comprendiera que aquel caserío abandonado a su suerte, de donde había venido -un pueblo en el que el único médico era él-, pudo haber sido una salvación para el país, pero sucedió igual que cuando pedía insumos y medicinas: ¡no había respuesta...!