Después de mucho tiempo de no saber nada
de los suyos, aquel hombre extrañó su ciudad natal y partió hacia ella, dejando
atrás el pueblo que permanecía casi intacto desde el ya lejano tiempo en que la
pandemia del COVID-19 atacara ciudades y pueblos de su pequeño y atrasado país.
Al llegar a la ciudad, nada era como lo recordaba. Su
mirada se extrañaba ante la sucesión de casas y edificios abandonados por los
humanos y ocupados por toda clase de animales y rastrojos. No se explicaba lo
hallado, pues a su pueblo tan alejado y silencioso apenas llegaron ecos y rumores de una larga cuarentena sin graves consecuencias, en tanto que los relatos oficiales proclamaban el aplanamiento de la curva estadística de infectados.
Mientras caminaba, trataba de entender la
desolación. El barrio donde había vivido durante el tiempo en que
transcurrieron sus estudios universitarios no le ofrecía ninguna respuesta.
Tampoco lo hacían sus conocimientos de medicina, que lo habían llevado a vivir
en un pequeño y alejado pueblo, para combatir el paludismo y el mal de chagas.
Ante el silencio de la ciudad, fijó su
camino rumbo hacia los pasillos de la facultad de medicina. En su recorrido sólo se encontró un ser humano: era una mujer cuyo rostro le recordó a la señora de la cafetería de su
facultad. Fue todavía más extraño hallarla a punto de despertar, instalada en
el cubículo de la portería del edificio central de la antigua facultad. Tal vez
por la poco habitual sensación de presencia que generaba la sombra del hombre a través de la ventana, la mujer despertó entre sorprendida y asustada. El
hombre no tuvo que insistir mucho para que ella le contara lo que había
ocurrido -llevaba tanto tiempo sin hablar con nadie que parecía desesperada por
hacerlo-. La cuarentena se acabó y muchos de los que se habían recuperado,
volvieron a enfermar. En la facultad querían irse a investigar unos pueblitos
donde parece que la gente no se enfermó de nada, pero les dijeron que no había
plata.
Ese solo testimonio bastó para que el
hombre comprendiera que aquel caserío abandonado a su suerte, de donde había
venido -un pueblo en el que el único médico era él-, pudo haber sido una
salvación para el país, pero sucedió igual que cuando pedía insumos y medicinas: ¡no había respuesta...!