Esta
cuarentena parece estar cambiando varias de nuestras maneras tradicionales de
hacer contacto, de comunicarnos, de afectarnos. La distancia interpersonal ha
aumentado en casi todo. Los estudiantes se sienten distantes a sus profesores y
a sus instituciones, disminuyendo su motivación a medida que aumentan los días
de cuarentena. Por otra parte, en las filas del supermercado ya no se necesita un vigilante que
garantice los dos metros entre una persona y la otra; la distancia se ha
instalado entre nosotros.
Los
saludos de beso o abrazo ya no existen y los apretones de mano se dan bajo un
clima libre de testigos; se dan por la resistencia a desaparecer de las costumbres
más arraigadas, acompañados de una mirada culpable y a la vez cómplice, contradicción
que conflictúa el contacto físico.
Las
miradas que cruzo en la calle me parecen extrañas. No me es fácil reconocer a
las personas solo por sus ojos y siento que me miran con desconfianza, pues el
desconocimiento aumenta la posibilidad de hostilidad. Somos más extraños ahora
que sólo nos vemos los ojos.
En
este municipio libre de Covid, con cuatro meses de cuarentena,
permitieron salir con mayor frecuencia, aunque sin olvidar la nueva prenda de
vestir obligatoria. Mientras camino por las calles de este pequeño pueblo, voy
nombrando mentalmente a cualquiera que me encuentre con el simple apelativo de
señor o señora tapabocas. Se me hace más difícil distinguir a las personas;
llevo menos de un año viviendo aquí, y más de la mitad ha sido a través de la
famosa prenda.
Cada
vez tengo menos interacciones físicas con otros, mientras que los contactos
virtuales van en aumento. Encontrarse a alguien conocido en la calle devela una
cierta torpeza social que se ha convertido en la regla. Las manos no se ponen
de acuerdo en el gesto correcto de saludo, mientras que la conversación se hace
cada vez más parca. Es como si no supiéramos qué contestar ni qué preguntar; como
si no tuviéramos nada que decir.
Mis
compañeros de trabajo, profesores de distintas áreas, buscan mi ayuda para
solucionar sus desencuentros con estudiantes o padres de familia. Detectan
dificultades en el contacto, en la interacción, pero no encuentran formas de
repararlas. Ante esos pedidos, me convierto en ese tercero necesario que puede
mostrar otros puntos de vista capaces de reanudar el contacto y zanjar el
desencuentro. Pero no sé ni cómo lo logro. Pues yo mismo me siento torpe ante
lo social, como un músico que lleva meses sin tocar su instrumento; tal vez
debido a que las conversaciones ocurren por medio virtual, sin contacto físico,
ni miradas de por medio.
Nos
vemos enfrentados a un nuevo aprendizaje conversacional: tomarnos el debido
tiempo. Las interacciones agitadas encuentran fácil enfriamiento gracias al
tiempo de espera existente entre un mensaje y otro. La espera permite pensar
con mayor claridad cada palabra, cada expresión, cada pregunta. He disminuido
el riesgo de hacer desastres con mis palabras, sobre todo cuando me dirijo a
los estudiantes o a sus madres.
En
las reuniones laborales, a través de plataformas de encuentro virtual, cuando
me dirijo a mis compañeros de equipo, la mayoría con más edad que yo, la
torpeza aumenta de parte y parte. El tiempo de espera desaparece con la
impaciencia de mis interlocutores, que aumenta el riesgo de desencuentro. Me veo
obligado a responder sin tener claras mis palabras y en el mejor de los casos
no logran ningún efecto.
Esta impaciencia, esta premura, estas torpezas nos
ubican en una situación de infancia común. Somos párvulos que no hallamos el
momento de hablar y el de callar, nos perdemos con el tiempo de latencia
característico de toda conexión virtual colombiana -por veloz que sea la red
instalada-. Mostramos gestos de impaciencia y molestia, sin contar las
veces en que olvidamos desactivar el micrófono.
La
inexperiencia nos hace torpes, en uno u otro contexto. En el contacto físico,
por la prohibición de lo cercano, y en el virtual, por el desconocimiento de
las condiciones técnicas que caracterizan dichas herramientas.
Queremos
vernos, pero cuando hay una reunión de muchas personas, la opción de video
ralentiza la transmisión. Entonces, privilegiamos la voz y la llamamos lo
importante, olvidando que el gesto es un lenguaje mucho más antiguo y
elocuente que cualquiera de las palabras que usamos, por más precisas o
elevadas que sean. Y de tanto no vernos los gestos, en lo físico y en lo
virtual, parece que perdiéramos el sentido de la sonrisa y la mirada.
La
distancia social ha sido erigida como salvadora ante un riesgo de morir de
Covid, más bajo que el de morir de hambre o dengue en un país como el nuestro.
La
distancia social se nos ha impuesto frente a una nueva amenaza, mientras un mal
mucho más antiguo mengua nuestras posibilidades de desarrollo: la falta de
acceso a la educación, en cualquiera de sus formas. El distanciamiento ha
aumentado el riesgo de deserción escolar, y uno de los trabajos más difíciles
de los maestros está en la contención de esa desbandada.
¿Seremos
capaces de encontrar nuevas formas de cercanía que resanen las grietas que la
virtualidad crea? Si lo logramos, tal vez venzamos una amenaza mayor que el
Covid-19: la pobreza.