martes, 31 de marzo de 2020

Responsabilidades frente a la pandemia

Nos enfrentamos a un virus que no discrimina clases sociales ni niveles educativos. Cualquiera puede contagiarse si no toma las medidas preventivas con seriedad y disciplina. Por eso es necesario recordar nuestras responsabilidades.

Me crié en una ciudad cálida, donde la fiebre amarilla hacía parte de la cotidianidad. Cada mes pasaba un carro de sanidad fumigando las calles para matar el mosquito que la transmite, el Aedes aegypti. Pero estas medidas son ineficaces cuando la población no se hace cargo de sus responsabilidades individuales para hacer frente a la enfermedad endémica: vaciar y mantener boca abajo todo recipiente que pueda recoger agua para que el mosquito no pudiera sembrar sus huevos y lavar cada dos, máximo tres días, los tanques de agua, tan comunes en aquellas tierras donde el líquido vital es escaso. Las tierras cálidas de nuestro país han sido acosadas por estas enfermedades desde hace mucho tiempo; pero muy pocas personas lo tienen en mente pues no es un dato que se comparta de forma viral en las redes sociales y medios de comunicación.

Frente a nuestra actual amenaza, aparte de la disciplina higiénica individual como el lavado de manos, el uso adecuado del tapabocas, la desinfección de superficies, la distancia social adecuada, la supresión de saludos cercanos como abrazos y besos, así como el cuidado de las personas mayores (las más afectadas por la gripa que causa el COVID-19); aparte de esas responsabilidades individuales que disminuyen el número de contagios y alivianan la carga para el sistema de salud, es necesario tener presentes otras responsabilidades, al parecer, más difíciles de aprender y de enseñar. Se trata de nuestra actitud hacia la información.

Sí, la información que se comparte en las redes también funciona de manera viral. Se propaga exponencialmente y puede llegar a un número muy alto de personas en un plazo bastante corto, mucho más rápido aun que la expansión cualquier enfermedad.

Cada publicación en Facebook y cada envío por WhatsApp pueden pasar por más de mil personas al día. Tenemos la responsabilidad de cuidarnos, también, de las mentiras y de las falsas creencias; y el mundo de las enfermedades está plagado de ellas.

Recuerdo que mi padre me contó de una popularmente difundida receta (venenosa y en muchos casos mortal) utilizada para adelgazar, a base de semillas del árbol de catápis, que se propagó por todo el país, años antes de que la Internet llegara a Colombia. Si esta creencia hubiera sido compartida al ritmo de las redes sociales, tal vez la población colombiana se habría visto en riesgo de desaparición.

Existen muchas publicaciones falsas sobre el coronavirus y la mayoría son fáciles de detectar si aprendemos a leer entre líneas. La falsedad puede hacerse notoria de muchas maneras, pero debemos ser cuidadosos al momento de leerla y mucho más si pensamos en compartirla, pues hemos desarrollado muy malas costumbres al respecto de la información: ¿cuántas veces hemos compartido algo sin siquiera haber leído más allá del título?, ¿cuántas veces habremos compartido curas milagrosas, recomendaciones de expertos o datos escabrosos cuyo único efecto en nuestra mente ha sido aumentar el miedo, sin que nos hayamos dado a la tarea de buscar la evidencia científica de tales curas, la existencia o reconocimiento de aquellos expertos o la veracidad de los datos?

Las preguntas anteriores pueden enseñarnos algo más, pues aluden a algunas claves para detectar noticias y publicaciones falsas:

  • Su objetivo principal es llegar directamente a las emociones, para que la razón no las descarte (generar miedo, preocupación, tristeza, ansiedad, angustia).
  • Para lograrlo, mezclan datos o afirmaciones bastante preocupantes, tomados de diferentes momentos de la historia, sacados de su contexto para hacerlos pasar por un dato actual y relativo a la situación de la que dicen tratar.
  • Muchos comienzan diciendo que una gran autoridad en la ciencia avala la “información” que expresan, por ejemplo: Un estudio de la universidad Complutense de Madrid demuestra que…, El famoso doctor en bioingeniería, (ingrese aquí cualquier nombre extranjero, ojalá combinando nombre anglosajón con apellido germano), recomienda que…, El ministerio de salud francés afirmó que…
  • Las falsedades sobre curas milagrosas son los más fáciles de detectar: tienen una estructura muy parecida, comienzan diciendo que los científicos de un país (siempre lejano y del cual tenemos una imagen de alto desarrollo científico o médico: Japón, Israel, Alemania) descubrieron la cura para el coronavirus, explican de manera vaga dicha cura (siempre está compuesta de ingredientes fáciles de conseguir como bicarbonato, limón, vinagre, sal, miel, etc.) y luego terminan con algunos testimonios de curaciones milagrosas.

Con estas claves podemos reconocer con mayor facilidad las noticias y creencias falsas que corren más virulentamente que la misma pandemia.

Nuestra responsabilidad es detectarlos, evitar compartirlos y enseñarle a las personas que nos las envían, para evitar esta pandemia de desinformación, que agrava la crisis de salud, pues aumenta el miedo y la ansiedad, disminuye las posibilidades de acción adecuada frente a contagios de coronavirus y hace pensar que las medidas tomadas son exageradas, lo que disminuye el cuidado que cada quien debe tener para asumir las responsabilidades individuales frente a la pandemia.

Te reto, pues, a que encuentres falsedades y las denuncies entre tus contactos, dejando claro a todos que se trata de información incorrecta, y compartiendo los datos reales que te permiten tener razones para considerarlas falsas.


jueves, 19 de marzo de 2020

La mente y la epidemia

Cuando nos enfrentamos a cambios de rutina tenemos reacciones de malestar, pues no aceptamos fácilmente dichos cambios. Pero pertenecemos a la especie que más y mejor se ha adaptado al mundo natural y a sus cambios.

Tal vez nos sintamos amenazados por el nuevo virus, tal vez pensemos que no hay ningún riesgo, tal vez estemos de acuerdo o en desacuerdo con las medidas que se han tomado, pero, sin importar qué opinemos, es importante que nos informemos, que conozcamos acerca del virus, de los síntomas de infección y de las mejores formas para prevenirlo.

El problema está en que hay tantas noticias y opiniones, difundidas en tantas formas, que no atinamos a juzgar la calidad de las mismas. Nos abruma tanta "información". Entonces elegimos guardar la cabeza debajo de la tierra o reaccionar contra lo que oímos, negando cada cosa o tomando las medidas incorrectas.

Pero más allá de esto, hay otro problema, que sería muy favorable si lo supiéramos enfocar: nos volvemos hipervigilantes, hipersensibles con cualquier sensación que pase por nuestro cuerpo, y este aumento en las formas en que nos sentimos y nos damos cuenta de nuestro cuerpo se convierte en una trampa, pues terminamos interpretando y entendiendo cada sensación en clave de signos de una enfermedad que tememos adquirir.

Así, cualquier dolorcito de cabeza nos parece un signo asociado, y más cuando por la mañana al salir del baño el agua fría nos hizo estornudar. Entonces no recordamos que normalmente nos duele la cabeza cuando exageramos con el uso de pantallas como el celular o la computadora. Este exceso nos tiene cansados por mantener la misma posición durante horas, pero al momento de sentir el cansancio en la nuca y la espalda solo pensamos en dolor muscular asociado a las infecciones respiratorias.

No es que nos estemos enloqueciendo, sino que este animal que llamamos Ser Humano, para poder adaptarse con mayor facilidad y rapidez a las condiciones cambiantes, desarrolló altos niveles de inteligencia y sociabilidad, por lo que somos altamente influenciables.

Nuestro mayor avance puede convertirse en nuestra mayor trampa.