miércoles, 3 de junio de 2020

El aprendizaje vivencial ante el reto de la transversalización del currículo

Hacer de la enseñanza un proceso vivencial es un reto para aquel docente que procura aprendizajes significativos en sus estudiantes. Este reto implica cambios radicales en la forma de concebir las relaciones y roles entre maestro y aprendiz. Implica un cambio más profundo: el del paradigma epistemológico subyacente a la práctica educativa, que muchas veces pasa desapercibido escondiéndose bajo elevados discursos. Se trata de cambiar la tradicional relación sujeto (docente)/objeto (alumno), tan afín al positivismo, según la cual el alumno es un recipiente para el conocimiento vertido por el profesor como agente activo y único responsable del aprendizaje; sin que medie una relación intersubjetiva. Entre tanto, la pasividad del alumno confirma su lugar de objeto.
De acuerdo con Merleau Ponty, este proceso de objetivación depende de la ausencia de comprensión y recuperación (interacción y alteridad) de las acciones del otro:

...la mirada del otro no me transforma en objeto, …sino en el caso de que uno y otro nos retiremos hacia el fondo de nuestra naturaleza pensante, y nos convirtamos ambos en mirada inhumana, si cada uno de nosotros siente sus acciones no como recuperadas y comprendidas, sino observadas como las de un insecto. (Henao, Gómez, Ocampo, & Ramírez, 2008 pag. 21).

El aprendizaje vivencial se fundamenta en un paradigma bien distinto al positivista. Un paradigma que hace necesaria una relación en la que ambos, estudiante y maestro, son sujetos del proceso de aprendizaje y están intersubjetivamente relacionados; interactúan e intercambian sus sentidos, interpretaciones y comprensiones de los fenómenos propios del aprendizaje (desde los temas que se estudian hasta las dificultades o bloqueos para la comprensión o para la relación intersubjetiva).
Los pedagogos humanistas practican la formación vivencial interesándose en la problemática de vida de sus alumnos, en sus inquietudes, en sus sentimientos, en sus metas, propósitos e ideas prospectivas. Y, sin descuidar la formación cognitiva, ahondan en el desarrollo del estudiante como persona que vive palpitante la experiencia y emoción del aprender, del conocer, de vibrar con sus aspiraciones, con sus planes de vida y en general con sus sentimientos positivos. (Díaz, 2018, pág. 484).

Necesitamos reconocer -o recordar- que la pedagogía, independientemente de su aplicabilidad para enseñar ciencias de la naturaleza, está mucho más cerca de las ciencias del espíritu, según la distinción propuesta por Dilthey (2019) a finales del siglo XIX.
En el aprendizaje vivencial el proceso de enseñanza/aprendizaje se apoya en la fenomenología y la hermenéutica, en vez de apoyarse sobre el pensamiento positivista, caracterizado por la relación sujeto/objeto.
Para Gadamer, figura principal de la hermenéutica, algo se convierte en vivencia en cuanto que no solo es vivido sino que el hecho de que lo haya sido ha tenido un efecto particular que le ha conferido un significado duradero (Henao, Gómez, Ocampo, & Ramírez, 2008, pág. 25). Por esto, una metodología de aprendizaje vivencial no puede consistir sólo en actividades de movimiento y contacto entre estudiantes, docentes y temáticas, sino que, además, procura que dichas actividades tengan un efecto particular, un significado, configurando las acciones de aprendizaje en vivencias. Por esto, es necesaria una actitud interactiva del docente, la cual le permitirá darse cuenta de los significados que sus estudiantes, como sujetos dentro del proceso de aprendizaje, le confieren a las actividades realizadas. 
Más allá de la presencia de actividades para aprender haciendo (PAHO, s. f.), en las que se tiene en cuenta que el ser humano no es solo intelecto, sino también cuerpo y relaciones/interacciones con el entorno; más allá de hacer del proceso de aprendizaje un cúmulo de actividades seguidas de reflexiones, es necesario tener en cuenta que para el aprendizaje vivencial, la motivación no responde tanto al movimiento y la activación corporal (por más que entre movimiento y motivación haya tanta cercanía semiótica), sino que, de acuerdo con Carl Rogers, surge de la tendencia autorrealizadora de la vida misma, de esa inclinación del organismo a fluir en todas direcciones del desarrollo [de su] potencial (Riquelme, pág. 7), lo que implica una confianza en que el ser humano tiende, por naturaleza, a buscar el aprendizaje cuando lo considera útil, valioso, realizador de su potencial.
En otras palabras, el aprendizaje significativo será mayor cuando el alumno elige su dirección, ayuda a descubrir sus recursos de aprendizaje, formula sus propios problemas, decide su curso de acción y vive las consecuencias de sus elecciones (pág. 7). 
Para Rogers, el proceso de aprendizaje debía iniciar con la elección de lo que se quiere aprender, con los intereses personales o vitales del estudiante como punto de partida, ubicando al proceso de enseñanza/aprendizaje del mismo lado que la motivación surgida de la tendencia a la autorrealización. Esto exige la maestría de respetar los intereses del otro sin ridiculizarlos, y la pericia de descubrir las múltiples relaciones posibles entre estos intereses y los contenidos temáticos que conforman un currículo básico. 
Desde este punto de vista, el maestro se convierte en un facilitador de procesos, dejando poco espacio a la instrucción catedrática y abandonando la parcelación exclusivista del conocimiento en áreas que nunca se tocan. 
Este nuevo lugar del maestro también implica un reto relativo a la aprensión de perder la autoridad cuando está sustentada más en el miedo que en el respeto. Un posible indicador del modo en que los estudiantes perciben la autoridad del docente, tal vez sea la siguiente observación: si un estudiante sabe que puede acercarse a su maestro y proponerle diversos temas de conversación, y estas conversaciones son fluidas y naturales, además de respetuosas y honestas, lo más indicado será considerar que el estudiante reconoce a su profesor como una autoridad, en tanto que le merece su escucha y respeto. 
Pero si ni siquiera se dan estos acercamientos, y en cambio es el docente quien trata de propiciarlos sin lograr que la conversación tenga las características anteriores, podremos considerar que el estudiante le percibe como una amenaza, por lo que el respeto a la autoridad que le inviste como profesor estará acompañado del miedo a las consecuencias que éste puede poner en marcha. 
En el sistema de educación formal, estos cambios parecen impracticables. Sin embargo, la situación de cuarentena por la pandemia de Covid-19 nos ha enfrentado ante la importancia de repensar los currículos, sus transversalidades y articulaciones, junto con la conexión directa de nuestras propuestas didácticas con la vida cotidiana de los estudiantes, en virtud de sus condiciones económicas, sociales, de conectividad, de acompañamiento familiar, entre otras.
Nos enfrentamos, pues, ante una crisis (quizá ontológica), en la que tendremos que redefinir el rol del docente y las formas en que se relaciona con sus estudiantes; sin olvidar que habrá que volver a pensar en la manera en que el conocimiento está hipervinculado con la experiencia humana, que incluye las redes sociales en tanto hacen parte de las herramientas tecnológicas favoritas de los estudiantes.
Pero más allá de que todas las áreas del conocimiento se puedan encontrar y conectar entre sí, el reto fundamental consiste en la importancia que le damos a la vida cotidiana, al mundo de la vida, donde se presentan los intereses personales, así como los problemas cuyas soluciones nos motivan a aprender nuevos conceptos, procedimientos y temáticas. Esta conexión con la vida y sus retos es lo que hace al aprendizaje una vivencia, y es su calidad de vivencia (recuérdese a Gadamer) lo que lo hace significativo, importante, perdurable.
Tal vez nos falte mucho tiempo para comenzar a comprender que los ejes de transversalización del proceso de aprendizaje no son temáticos, sino vivenciales. 


Referencias
Díaz, C. (2018). Educación vivencial-humanista. Helios, 2(2), 483-486. Obtenido de http://journal.upao.edu.pe/Helios/article/view/1040
Dilthey, W. (01 de 2019). Introducción a las ciencias del espíritu. Recuperado el 02 de 06 de 2020, de Posgrado Unam: http://www.posgrado.unam.mx/filosofia/pdfs/Textos_2019-1/2019-1_Dilthey_IntroduccionCienciasEspiritu.pdf
Henao, G., Gómez, S., Ocampo, L., & Ramírez, J. (2008). Por el derecho al sueño: una aproximación fenomenológica al mundo de las niñas y los niños que trabajan en la noche en la ciudad de Medellín. (G. Henao, & S. Gómez, Edits.) Medellín: Combos. ISBN: 978-958-98236-1-3 https://combosconvoz.org/wp-content/uploads/dlm_uploads/2019/05/Libro-Por-el-derecho-al-sue%C3%B1o.pdf
Riquelme, S. (s.f.). Teoría rogeriana y procesos educativos: algunas nociones básicas. Obtenido de Biblioteca digital DIBRI-UCSH:  http://biblioteca-digital.ucsh.cl/greenstone/collect/revista1_old/archives/HASH01a4.dir/Teoria%20Rogeriana%20y%20procesos%20educativos.pdf

4 comentarios:

  1. „Con seguridad, la esencia de una gran obra de arte no ha consistido nunca en procurarle a la «naturaleza» una reproducción plena y fiel, un retrato.“ — Hans-Georg Gadamer

    Fuente: https://citas.in/autores/hans-georg-gadamer/


    También en la enseñanza educativa. Más que imprimir en ellos un concepto textual, es la posibilidad de que el aprendizaje atraviese todas las esferas del estudiante y que su aprendizaje sea vivencial a partir de lo que suscita el concepto asociado a su vida diaria. ¡gracias por este regalo literario!

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    1. Es apenas una mínima propuesta para comenzar la conversación. Gracias por el aporte Gadameriano, según el cual, la verdadera cualidad de arte no está dada por la mímesis. Y por tanto, me manifiesto de acuerdo contigo en que la educación debe abandonar la pretensión de imprimir conocimientos, para aceptar que la vida no copia, ni imprime, ni reproduce, sino que estructura y construye con las bases que le son dadas.

      El constructivismo también se ocupa de ello cuando plantea que todo aprendizaje consiste en la construcción de nuevas estructuras con lo que ya existe. Este es el fundamento según el cual el ser humano ha creado los motores de ajedrez invencibles, que aprenden de la experiencia, con las bases y reglas del juego como información de partida. Evolucionan, eso sí, tan rápido como las bacterias, pero nos sirven para ver que el postulado del aprendizaje que proviene de la experiencia no sólo es válido teóricamente, sino también factual.

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