jueves, 9 de julio de 2020

Distancia

Esta cuarentena parece estar cambiando varias de nuestras maneras tradicionales de hacer contacto, de comunicarnos, de afectarnos. La distancia interpersonal ha aumentado en casi todo. Los estudiantes se sienten distantes a sus profesores y a sus instituciones, disminuyendo su motivación a medida que aumentan los días de cuarentena. Por otra parte, en las filas del supermercado ya no se necesita un vigilante que garantice los dos metros entre una persona y la otra; la distancia se ha instalado entre nosotros.
Los saludos de beso o abrazo ya no existen y los apretones de mano se dan bajo un clima libre de testigos; se dan por la resistencia a desaparecer de las costumbres más arraigadas, acompañados de una mirada culpable y a la vez cómplice, contradicción que conflictúa el contacto físico.
Las miradas que cruzo en la calle me parecen extrañas. No me es fácil reconocer a las personas solo por sus ojos y siento que me miran con desconfianza, pues el desconocimiento aumenta la posibilidad de hostilidad. Somos más extraños ahora que sólo nos vemos los ojos.
En este municipio libre de Covid, con cuatro meses de cuarentena, permitieron salir con mayor frecuencia, aunque sin olvidar la nueva prenda de vestir obligatoria. Mientras camino por las calles de este pequeño pueblo, voy nombrando mentalmente a cualquiera que me encuentre con el simple apelativo de señor o señora tapabocas. Se me hace más difícil distinguir a las personas; llevo menos de un año viviendo aquí, y más de la mitad ha sido a través de la famosa prenda.
Cada vez tengo menos interacciones físicas con otros, mientras que los contactos virtuales van en aumento. Encontrarse a alguien conocido en la calle devela una cierta torpeza social que se ha convertido en la regla. Las manos no se ponen de acuerdo en el gesto correcto de saludo, mientras que la conversación se hace cada vez más parca. Es como si no supiéramos qué contestar ni qué preguntar; como si no tuviéramos nada que decir.
Mis compañeros de trabajo, profesores de distintas áreas, buscan mi ayuda para solucionar sus desencuentros con estudiantes o padres de familia. Detectan dificultades en el contacto, en la interacción, pero no encuentran formas de repararlas. Ante esos pedidos, me convierto en ese tercero necesario que puede mostrar otros puntos de vista capaces de reanudar el contacto y zanjar el desencuentro. Pero no sé ni cómo lo logro. Pues yo mismo me siento torpe ante lo social, como un músico que lleva meses sin tocar su instrumento; tal vez debido a que las conversaciones ocurren por medio virtual, sin contacto físico, ni miradas de por medio.
Nos vemos enfrentados a un nuevo aprendizaje conversacional: tomarnos el debido tiempo. Las interacciones agitadas encuentran fácil enfriamiento gracias al tiempo de espera existente entre un mensaje y otro. La espera permite pensar con mayor claridad cada palabra, cada expresión, cada pregunta. He disminuido el riesgo de hacer desastres con mis palabras, sobre todo cuando me dirijo a los estudiantes o a sus madres.
En las reuniones laborales, a través de plataformas de encuentro virtual, cuando me dirijo a mis compañeros de equipo, la mayoría con más edad que yo, la torpeza aumenta de parte y parte. El tiempo de espera desaparece con la impaciencia de mis interlocutores, que aumenta el riesgo de desencuentro. Me veo obligado a responder sin tener claras mis palabras y en el mejor de los casos no logran ningún efecto. 
Esta impaciencia, esta premura, estas torpezas nos ubican en una situación de infancia común. Somos párvulos que no hallamos el momento de hablar y el de callar, nos perdemos con el tiempo de latencia característico de toda conexión virtual colombiana -por veloz que sea la red instalada-. Mostramos gestos de impaciencia y molestia, sin contar las veces en que olvidamos desactivar el micrófono.
La inexperiencia nos hace torpes, en uno u otro contexto. En el contacto físico, por la prohibición de lo cercano, y en el virtual, por el desconocimiento de las condiciones técnicas que caracterizan dichas herramientas.
Queremos vernos, pero cuando hay una reunión de muchas personas, la opción de video ralentiza la transmisión. Entonces, privilegiamos la voz y la llamamos lo importante, olvidando que el gesto es un lenguaje mucho más antiguo y elocuente que cualquiera de las palabras que usamos, por más precisas o elevadas que sean. Y de tanto no vernos los gestos, en lo físico y en lo virtual, parece que perdiéramos el sentido de la sonrisa y la mirada.
La distancia social ha sido erigida como salvadora ante un riesgo de morir de Covid, más bajo que el de morir de hambre o dengue en un país como el nuestro.
La distancia social se nos ha impuesto frente a una nueva amenaza, mientras un mal mucho más antiguo mengua nuestras posibilidades de desarrollo: la falta de acceso a la educación, en cualquiera de sus formas. El distanciamiento ha aumentado el riesgo de deserción escolar, y uno de los trabajos más difíciles de los maestros está en la contención de esa desbandada.
¿Seremos capaces de encontrar nuevas formas de cercanía que resanen las grietas que la virtualidad crea? Si lo logramos, tal vez venzamos una amenaza mayor que el Covid-19: la pobreza.

2 comentarios:

  1. El amor está, para hallar nuevos lenguajes, para hacer resistencia, para hacernos mejores. Gracias por este texto reflexivo, es como un fresquito pal alma!!

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